#LaHoraDelCriterio | Comprender mejor para decidir mejor

Por: Geisy Peña Turbí

A veces no permanecemos donde estamos porque sea seguro, sino porque ya sabemos cómo sobrevivir ahí. Lo conocido tiene una forma sutil de ganarse nuestra confianza. No siempre nos cuida, pero nos resulta previsible. Sabemos cómo funciona, qué exige, qué permite y qué debemos evitar para no alterar su aparente equilibrio, y esa familiaridad puede darnos una sensación de control, aunque en el fondo solo estemos repitiendo una adaptación antigua, por eso es tan frecuente confundir seguridad con costumbre.

La seguridad verdadera no consiste en que nada cambie. Consiste en poder sostener la dignidad, la libertad interior y cierta confianza en el futuro sin tener que traicionarnos para conservar la calma. Lo conocido, en cambio, puede exigirnos una negociación más discreta: no hagas ruido, no incomodes, no esperes tanto, no preguntes demasiado, no muevas lo que todavía funciona (aunque funcione a medias) y la mayoría de las veces, aceptamos. No porque seamos débiles o porque no sepamos pensar. Aceptamos porque lo desconocido exige energía, y una persona cansada puede preferir una incomodidad administrada antes que una incertidumbre abierta. El problema es que esa elección, repetida durante años, termina educando el carácter, y nos volvemos expertos en resistir, pero menos capaces de imaginar.

También los países se acostumbran. Una comunidad puede habituarse a servicios deficientes, respuestas tardías, autoridades que no explican y procedimientos que humillan sin levantar la voz. Esto al principio indigna, luego se comenta, después se incorpora al paisaje, y cuando la anomalía se vuelve rutina, la ciudadanía empieza a confundir paciencia con madurez, y es justo ahí cuando lo conocido deja de ser una experiencia personal y se convierte en cultura.

Por eso conviene desconfiar de ciertas frases que parecen sensatas: “siempre ha sido así”, “por lo menos ya sabemos cómo manejarlo”, “mejor no complicar”, “hay cosas que no cambian”, porque esas frases a veces expresan prudencia, y otras veces son el idioma elegante de la resignación.

No se trata de celebrar el cambio por el simple hecho de ser algo distinto, porque hay decisiones que necesitan permanencia, cuidado y tiempo y no todo lo nuevo libera, ni todo lo que se mueve mejora. La vida también exige raíces, compromisos y paciencia, pero permanecer con conciencia no es lo mismo que quedarse anestesiado. Permanecer con conciencia deja una serenidad sobria, aunque existan dificultades, mientras que quedarse por costumbre deja una especie de cansancio moral, en la que uno sigue funcionando, pero algo dentro empieza a retirarse.

Ese retiro interior es una señal que muchas veces ignoramos. Seguimos cumpliendo, respondiendo, produciendo, acompañando, apareciendo y desde fuera todo parece en orden, pero por dentro la vida empieza a perder conversación con nuestra verdad.

Lo conocido puede convertirse en una habitación estrecha. No necesariamente oscura, ni violenta, de hecho, llega a sentirse incluso cómoda, a pesar de la estrechez. Una habitación donde aprendimos a no tocar las paredes, a no levantar demasiado los brazos, a no querer ir demasiado lejos, y lo más delicado es que, con el tiempo, podemos llamar carácter a esa reducción.

Geisy Peña Turbí | Abogada

Crecer, en cambio, suele empezar con una incomodidad precisa, como la sospecha de que aquello que nos tranquiliza también nos está limitando, no para salir corriendo, sino para mirar de frente y preguntarnos si seguimos allí por elección o por hábito, y es que la vida no se vuelve más segura solo porque se repite, igual que una institución no se vuelve más confiable solo porque aprendimos a soportar, y tampoco una costumbre se vuelve más justa solo porque nadie la discute.

Tal vez una parte importante de la madurez consiste en revisar lo familiar sin obedecerlo automáticamente, reconocer qué nos sostiene de verdad y qué solo permanece porque nunca nos atrevimos a pedirle explicaciones.

No todo lo conocido merece conservarse, ni todo lo incierto merece miedo. A veces, la decisión más lúcida empieza cuando dejamos de confundir tranquilidad con verdad.

La pregunta de criterio: eso que hoy llamo seguridad, ¿me sostiene con dignidad o solo me resulta familiar porque aprendí a vivir dentro de sus límites?

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