#LaHoraDelCriterio |Comprender mejor para decidir mejor


Por: Geisy Peña Turbí  

Una frontera parece firme hasta que un día deja de serlo. Entonces descubrimos que no era solo una raya sobre el mapa, ni una verja, ni un puesto de control, ni un sello en el pasaporte. Era una promesa, la promesa de que el Estado sabe quién entra, quién sale, cómo protege a su gente y cómo trata a quien llega en situación de vulnerabilidad.

Ceuta volvió a colocar esa promesa bajo presión en España. La entrada masiva de personas procedentes de Marruecos no solo desbordó una frontera española. También abrió una pregunta que Europa suele responder tarde: ¿qué ocurre cuando la dignidad humana y la capacidad institucional chocan en el mismo punto del territorio?

La tentación es elegir un bando rápido. Algunos verán únicamente una amenaza, otros verán únicamente desesperación. Unos pedirán mano dura sin matices, otros hablarán de humanidad sin explicar cómo se administra una crisis real, con recursos limitados, leyes vigentes, menores desprotegidos, cuerpos en movimiento y comunidades receptoras que también tienen derecho al orden.

Pero la migración no admite respuestas cómodas. Quien reduce una crisis fronteriza a miedo suele terminar deshumanizando, mientras quien la reduce a compasión puede terminar negando la responsabilidad del Estado, y un país que no sabe sostener al mismo tiempo legalidad y humanidad corre el riesgo de perder ambas.

Lo ocurrido en Ceuta interpela especialmente a los dominicanos porque no nos habla desde lejos. República Dominicana vive su propia tensión fronteriza con Haití, marcada por una historia compleja, una vecindad inevitable, una desigualdad profunda y una presión migratoria que no puede despacharse con consignas. Aquí también se confunde con demasiada facilidad el debate migratorio con una prueba de sensibilidad o de patriotismo. Como si defender la frontera implicara despreciar al migrante. Como si reconocer la dignidad del migrante obligara a renunciar al control del territorio. Esa falsa alternativa empobrece la conversación pública.

Un Estado serio debe poder decir dos cosas a la vez: toda persona merece trato digno y ningún país está obligado a aceptar el desorden como política migratoria. Debe poder proteger a niños, mujeres y personas vulnerables sin permitir que mafias, improvisación o presión diplomática sustituyan a la ley. Debe poder cooperar con el país vecino sin delegar su soberanía. Debe poder hablar de derechos humanos sin olvidar que también existen deberes institucionales, presupuesto público, seguridad, documentación, servicios saturados y comunidades que soportan el impacto cotidiano de decisiones tomadas desde oficinas lejanas.

La frontera dominico-haitiana, como la frontera de Ceuta, no es solo un asunto policial. Es una prueba de Estado. Allí se ve si las instituciones anticipan o improvisan, si registran o suponen, si cooperan o reaccionan, si comunican con claridad o dejan que el rumor gobierne y si protegen la ley o la convierten en discurso para calmar audiencias.

También se ve la calidad moral de una sociedad, porque el miedo puede ser legítimo, pero no todo lo que el miedo propone es justo, y la compasión puede ser necesaria, pero no todo lo que se presenta como compasión es responsable.

El verdadero criterio está en resistir la comodidad de los extremos. Una política migratoria no se construye con rabia ni con culpa. Se construye con datos, capacidad operativa, legalidad, cooperación internacional, controles efectivos y un lenguaje público que no convierta a seres humanos en amenaza colectiva ni al Estado en enemigo por cumplir su función.

Europa lo sabe, aunque a veces lo olvide y República Dominicana también debería saberlo. La migración irregular no se resuelve negando sus causas, pero tampoco se gobierna ignorando sus consecuencias. Cuando una frontera se desborda, no solo cruza gente. Cruzan también la pobreza, la desigualdad, los intereses políticos, la debilidad institucional y las preguntas que durante años se dejaron para después.

Por eso conviene mirar Ceuta sin superioridad y mirar nuestra propia frontera sin por simplificaciones. Ningún país puede construir futuro si abandona su territorio al desorden, pero ningún país conserva su dignidad si para defenderlo necesita perder humanidad.

La pregunta de criterio: cuando hablamos de migración, ¿estamos defendiendo una política pensada o simplemente repitiendo el miedo, la culpa o la consigna que nos resulta más cómoda?

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