#LaHoraDelCriterio | Comprender mejor para decidir mejor.

Por: Geisy Peña Turbí

Imaginemos a dos jóvenes a quienes ofrecen una pasantía sin remuneración. Uno llama a su casa para dar la noticia y su familia confirma que podrá cubrirle los gastos. El otro calcula el transporte, la comida y lo que dejaría de aportar al hogar. No hay dudas de que ambos quieren aprender, pero solo uno puede aceptar.

Cuando vuelvan a solicitar empleo, uno podrá acreditar esa experiencia, y si únicamente miramos sus currículums, será fácil confundir una diferencia de recursos con una diferencia de esfuerzo.

El debate dominicano sobre pasantías y primer empleo merece incorporar esta cuestión. Hace unos meses, una comisión del Senado examinaba iniciativas que incluían pasantías remuneradas, y eso es maravilloso, pero además de crear plazas, es necesario preguntarse quién podrá aprovecharlas.

Una convocatoria puede estar abierta a todos, y, sin embargo, resultar inaccesible para quienes necesitan ingresos desde el primer día. Al exigir meses de disponibilidad sin remuneración, podemos estar seleccionando de forma discriminada, antes de evaluar capacidades, a quienes tienen cómo sostenerse, y esa selección ocurre incluso sin que nadie pregunte cuánto dinero hay en casa.

Aceptar una experiencia gratuita puede ser una decisión razonable, porque permite aprender un oficio, conocer una organización o comprobar si una profesión encaja con lo que uno esperaba, peor el problema comienza cuando esa posibilidad se convierte en el paso necesario para entrar, y después juzgamos a quienes no pudieron darlo, como si les hubieran faltado ganas.

Por otro lado, está el coste empresarial de formar a alguien. Una pyme puede dedicar tiempo y recursos a enseñar sin obtener un rendimiento inmediato, pero imponer exigencias que no pueda sostener podría reducir las oportunidades para los jóvenes. Precisamente por eso hay que hablar de las condiciones concretas, como qué se aprenderá, quién acompañará el proceso, cuánto durará y cómo se cubrirán los gastos, porque la promesa de experiencia, por sí sola, a veces resulta insuficiente.

Quien organiza una pasantía puede empezar por hacer las cuentas desde el otro lado. ¿Cuánto cuesta asistir cada día? ¿El horario permite mantener un empleo? ¿Existe alguna compensación o apoyo para transporte y alimentación? Y las respuestas que afloren, ayudan a descubrir a quién se está dejando fuera antes de recibir una sola solicitud.

La típica frase de “yo empecé así” puede explicar una trayectoria, pero no basta para justificar que otros deban repetirla. Conviene recordar también quién pagó nuestros gastos, quién nos alojó o qué responsabilidades todavía no teníamos. Reconocer esas ayudas permite hablar del esfuerzo con mayor honestidad, sin quitarle valor a lo conseguido.

Quien renuncia porque necesita cobrar está tomando una decisión que también merece respeto, porque puede estar sosteniendo a su familia mientras intenta encontrar otra manera de ejercer lo que estudió, y esa responsabilidad difícilmente aparecerá en el currículum. Antes de descartar a alguien por falta de experiencia, deberíamos preguntarnos ¿hemos comprobado qué sabe hacer o estamos dando ventaja a quien pudo permitirse adquirirla sin cobrar?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *