#LaHoraDeLaReflexión
El socialismo latinoamericano del siglo XXI se ha convertido en un espectáculo digno de un desfile de modas: discursos encendidos contra el “imperio” y la “burguesía”, acompañados de relojes suizos, camionetas blindadas y cenas exclusivas. En Venezuela, mientras millones hacen filas interminables para conseguir harina o medicinas, los jerarcas del poder lucen relojes que superan los 20.000 dólares, equivalentes a más de 30 años de salario mínimo. La revolución, al parecer, también necesita accesorios de lujo.
La paradoja es brutal: se condena al capitalismo mientras se disfruta de sus más finos productos. El Rolex en la muñeca de un dirigente socialista no marca la hora de la igualdad, sino la hora exacta de la incoherencia. Cada destello dorado es un recordatorio de que el discurso de austeridad se ha transformado en un teatro donde la “lucha de clases” se mide en marcas y la “solidaridad” se traduce en privilegios.
En Nicaragua, Cuba o Bolivia, la escena se repite con variaciones locales: líderes que hablan de sacrificio colectivo mientras viajan en jets privados o coleccionan relojes y autos de lujo. El pueblo recibe promesas de justicia social; los gobernantes reciben invitaciones a cenas exclusivas en hoteles cinco estrellas. El socialismo se convierte en un eslogan vacío, mientras la práctica cotidiana se parece más a un manual de consumo ostentoso.
La ironía es que estos relojes no atrasan ni adelantan: simplemente exponen la contradicción. El pseudo‑socialismo latinoamericano se ha transformado en una caricatura donde la revolución se mide en dólares, la credibilidad se evapora con cada destello metálico y la igualdad se convierte en un accesorio tan falso como un Rolex comprado en el mercado negro.

En definitiva, los socialistas con Rolex son el símbolo perfecto de un tiempo en que la retórica revolucionaria convive con el lujo más descarado. La revolución llega tarde, el pueblo espera, y los líderes… siempre puntuales, gracias a la precisión suiza.