#LaHoraDelCriterio

Comprender mejor para decidir mejor.

Por: Geisy Peña Turbí

No siempre tenemos prisa porque algo sea urgente. A veces la tenemos porque pensar con calma nos obligaría a admitir algo que preferimos evitar: que no queremos decir sí, que no estamos convencidos, que nos pesa decepcionar a alguien, que esa oportunidad no nos entusiasma tanto o que esa reacción inmediata solo intenta proteger nuestro orgullo.

En los tiempos en que vivimos, la prisa tiene buena reputación, parece compromiso, productividad, carácter, capacidad de resolver, por eso pocas veces la cuestionamos. Decimos “no tengo tiempo” como si fuera una explicación suficiente para actuar sin pensar, cuando muchas veces es una forma elegante de no revisar qué estamos priorizando, a quién estamos obedeciendo o de qué conversación estamos huyendo.

Obviamente, actuar con rapidez no siempre es una equivocación. La vida exige responder, resolver y actuar, y hay emergencias reales y oportunidades que no esperan, pero no todo lo que presiona merece ser tratado como importante. Hay urgencias que no vienen de la realidad, sino de la culpa, la ansiedad, la expectativa ajena o el miedo a quedar fuera, y justo ahí es donde empieza el problema: cuando confundimos velocidad con claridad.

Lo vemos en la vida privada y también en la vida pública. En República Dominicana, el debate reciente sobre el nuevo Código Penal volvió a demostrar que la presión social puede obligar al poder a revisar decisiones, eso es saludable cuando la ciudadanía vigila, pero también deja una advertencia: un país no debería legislar con prisa, indignarse con prisa, corregir con prisa y olvidar con prisa. La urgencia puede despertar una conversación necesaria, pero no siempre alcanza para sostener una comprensión profunda.

Una persona puede contestar un mensaje solo para apagar la incomodidad de dejarlo pendiente, puede aceptar una responsabilidad porque decir “no puedo” le parece egoísta, puede comprar algo porque la oferta termina hoy, aunque su presupuesto ya esté diciendo otra cosa, puede publicar una opinión porque todos están hablando del tema, aunque todavía no haya entendido lo suficiente, puede tomar una decisión familiar, laboral o económica para evitar una discusión, y después convencerse de que eligió libremente, pero no todo lo que hacemos rápido es señal de decisión, a veces es obediencia disfrazada de eficiencia.

La presión social también decide por nosotros. Decide cuando vivimos disponibles para no parecer indiferentes, cuando sostenemos una imagen que cuesta más de lo que podemos pagar, cuando respondemos con dureza porque creemos que callar nos resta autoridad. Decide cuando aceptamos planes, compromisos o cargas que nadie nos impuso con violencia, pero que sentimos imposibles de rechazar.

Lo más delicado es que la prisa nos ofrece una coartada. Si algo sale mal, siempre podemos decir que no había tiempo, que había que resolver, que todos esperaban una respuesta, que la oportunidad era ahora o nunca. La urgencia nos permite sentirnos menos responsables de decisiones que, miradas de cerca, quizá sí pudimos pensar mejor.

Abogada Geisy Peña Turbí | El Criterio

Por eso pausar nos incomoda tanto, porque nos devuelve la responsabilidad. Nos obliga a decir: necesito revisar, entender, sopesar esta decisión, necesito evitar responder desde la rabia, no prometer desde el cansancio, no actuar solo porque alguien puso presión sobre la mesa, pero esa pausa no es debilidad, todo lo contrario, es una forma de gobierno propio.

Una sociedad acelerada puede parecer más activa, pero no necesariamente más lúcida. Quien vive corriendo verifica menos, escucha peor y se deja arrastrar con más facilidad, por eso la urgencia sirve tanto para vender, manipular, polarizar y controlar. Si alguien logra que reaccionemos antes de pensar, ya ganó una parte de nuestra decisión.

En la vida personal ocurre igual, vivimos condicionados por años de respuestas automáticas: síes dados para no incomodar, silencios sostenidos para no explicar, gastos hechos para no sentirse menos, opiniones repetidas para pertenecer, compromisos aceptados para no cargar con la culpa, pero la coherencia exige una relación más honesta con el tiempo. No para vivir despacio, sino para no vivir secuestrados por cualquier demanda que se presente como urgente. Hay decisiones que necesitan rapidez, y otras necesitan carácter para no ser tomadas todavía.

La prisa seguirá diciendo: responde ya, acepta ya, compra ya, opina ya, decide ya, pero una persona con criterio aprende a desconfiar de toda urgencia que no permite una pregunta, porque cuando no nos damos permiso para pausar, otros piensan por nosotros: la culpa, el miedo, el mercado, la familia, el algoritmo o la necesidad de aprobación.

La pregunta de criterio: eso que hoy me exige una respuesta inmediata, ¿necesita realmente mi decisión o solo está aprovechando mi miedo a detenerme?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *