LaHoraDelCriterio | Comprender mejor para decidir mejor.
Por: Geisy Peña Turbí
Hay palabras que gozan de tan buena reputación que nadie se atreve a sospechar de ellas. La prudencia es una de esas palabras. Se invoca para justificar una decisión responsable, una espera razonable o una pausa necesaria, y nadie discute su valor. Sin embargo, pocas virtudes han servido tanto para ocultar aquello que pretenden evitar.
Hace casi cuatro siglos, Baltasar Gracián publicó El arte de la prudencia, y no escribió un tratado para personas temerosas, sino un manual de discernimiento. Para Gracián, ser prudente no significaba retirarse del mundo, sino comprenderlo mejor para actuar con mayor acierto, asumiendo la prudencia como una forma de inteligencia, nunca como una excusa para la inmovilidad.
Con el tiempo, sin embargo, hemos deformado esa idea hasta volverla irreconocible. Hoy llamamos prudencia a cosas muy distintas. Decimos que todavía no es el momento de emprender, de cambiar de trabajo, de afrontar una conversación difícil o de impulsar una reforma necesaria. Decimos que falta información, que conviene esperar, que sería irresponsable precipitarse, y cada argumento parece impecable por sí solo. El problema aparece cuando todos conducen al mismo lugar: no decidir.
El miedo ha aprendido a esconderse donde menos lo buscamos, ya no necesita presentarse como inseguridad. Le basta con hablar el lenguaje de la sensatez, por eso resulta tan difícil descubrirlo. Nadie admite con facilidad que tiene miedo. En cambio, todos estamos dispuestos a pensar que somos prudentes, y ahí es donde reside su mejor disfraz.
La diferencia entre una cosa y otra no está en el tiempo que tarda una decisión, sino en el propósito de la espera. La prudencia observa la realidad para comprenderla mejor. El miedo observa la realidad esperando que cambie por sí sola. La primera busca criterio, mientras que el segundo busca garantías, pero las garantías absolutas no existen.
Quizás por eso el miedo nunca queda satisfecho. Cuando obtiene la información que decía necesitar, encuentra otra, cuando desaparece un riesgo, aparece uno nuevo. Siempre hay un motivo adicional para aplazar el siguiente paso. No porque la realidad haya cambiado de forma sustancial, sino porque el verdadero objetivo nunca fue decidir, sino evitar la incomodidad que toda decisión implica.
Ese mecanismo no pertenece únicamente a la vida privada, también aparece en las organizaciones y en las instituciones. Hay empresas que convierten el análisis en un sustituto de la estrategia y administraciones que anuncian consultas sucesivas cuando lo que falta no es conocimiento o información, sino determinación, igual que hay líderes que confunden escuchar con aplazar indefinidamente la responsabilidad de elegir. En síntesis, la prudencia fortalece las decisiones, mientras que la indecisión las desgasta.
Las sociedades avanzan gracias a personas capaces de medir las consecuencias de sus actos, no gracias a quienes actúan impulsivamente, pero tampoco progresan cuando la cautela deja de ser un método para pensar y se convierte en una forma socialmente aceptable de no asumir riesgos, porque llega un momento en que seguir esperando ya no aporta claridad, únicamente reduce el espacio para actuar.
Y como la línea que las separa es tan fina, existe una prueba sencilla para distinguir ambas cosas. La prudencia sabe explicar qué necesita para tomar una decisión y reconoce cuándo ese umbral se ha alcanzado. El miedo, en cambio, mueve continuamente la línea de llegada, nunca termina de conceder permiso, y siempre encuentra una razón convincente para posponer lo que ayer parecía inaplazable.

Abogada | Escritora | Fundadora de Mujer en Victoria
Tal vez por eso la verdadera prudencia exige una virtud de la que se habla mucho menos, y no es otra que la honestidad. La honestidad para reconocer cuándo seguimos analizando porque todavía no comprendemos la realidad y cuándo seguimos analizando porque comprendemos demasiado bien lo que esa decisión nos va a exigir.
No siempre necesitamos más tiempo, a veces necesitamos más verdad, porque el mayor triunfo del miedo no consiste en detenernos. Consiste en lograr que confundamos la renuncia con el buen juicio.
La pregunta de criterio: cuando dices que estás siendo prudente, ¿estás cuidando la calidad de tu decisión o protegiéndote de las consecuencias que implica tomarla?