#LaHoraDelCriterio |Comprender mejor para decidir mejor.
Por: Geisy Peña Turbí
Conseguir la oportunidad puede ser el principio del problema.
Durante años hemos insistido, con razón, en que demasiadas personas capaces se quedan fuera de determinados espacios porque dudan de sí mismas, esperan una validación imposible o creen que todavía necesitan demostrar más. Pero corregir esa injusticia no debería llevarnos a la simplificación de asumir que sentirse merecedor de una oportunidad equivale a estar preparado para lo que esa oportunidad exige, porque no es lo mismo.
La autoestima puede ayudarnos a levantar la mano, defender nuestro lugar o dejar de pedir disculpas por aspirar a más. Pero ninguna convicción sobre nuestro propio valor sustituye el conocimiento, la práctica, el criterio o la capacidad de responder cuando las decisiones dejan de afectarnos solo a nosotros, y ese último punto cambia mucho la conversación.
No es lo mismo aceptar un desafío cuyo fracaso asumiremos personalmente, que ocupar una posición desde la que nuestras carencias pueden trasladar el coste a otros. Dirigir personas, asesorar, gestionar recursos, educar, tomar decisiones públicas, liderar un proyecto o asumir determinadas responsabilidades profesionales no consiste únicamente en atreverse. También exige estar en condiciones de responder.
Por eso conviene distinguir algo que el lenguaje de la confianza suele mezclar, y es que, merecer respeto como persona no significa estar cualificado para cualquier responsabilidad que deseemos asumir y reconocerlo no debería herir una autoestima sólida. Todo lo contrario.
Una persona no vale menos porque todavía no domine una materia, necesite experiencia o deba pedir ayuda. El problema empieza cuando proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos se vuelve más importante que reconocer lo que todavía no sabemos.
Prepararse exige precisamente esa incomodidad. No consiste solo en estudiar. Significa someter nuestras capacidades a la realidad, lo que puede conllevar el recibir correcciones que no esperábamos, descubrir nuevos límites, practicar cuando todavía fallamos, aprender a decidir con información incompleta y desarrollar recursos para responder cuando el escenario deja de comportarse como habíamos previsto.
La verdadera preparación se reconoce mejor cuando algo sale mal que cuando todo funciona según el plan, aunque también existe el exceso contrario.
Algunas personas convierten la preparación en una sala de espera permanente. Otro curso, otra certificación, otro año de experiencia, otra razón para posponer una responsabilidad que, en realidad, ya podrían asumir.

Abogada | Escritora | Fundadora de Mujer en Victoria
En esos casos no falta preparación. Falta aceptar que ninguna formación elimina por completo la incertidumbre. Por eso la pregunta útil no es si me siento listo o no, porque sentirse listo es un estado emocional, no una medida fiable de competencia.
La pregunta más exigente es otra: ¿qué puedo sostener cuando esta responsabilidad me obligue a hacer algo que todavía no controlo del todo?
Responderla requiere más que confianza. Exige saber qué sabemos, qué no sabemos, dónde están nuestros límites y qué haremos cuando los alcancemos. Eso es criterio profesional.
La autoestima importa porque evita que una carencia concreta se convierta en una condena sobre nuestro valor, y la preparación también importa porque impide que una buena opinión de nosotros mismos se convierta en permiso para improvisar con responsabilidades que tienen consecuencias. Así es que, en definitiva, necesitamos ambas, porque cumplen funciones distintas.
Creer que mereces una oportunidad puede ayudarte a aceptarla. Estar preparado, en cambiom, determina qué haces con la confianza que otros depositan después en ti.