#LaHoraDelCriterio |Comprender mejor para decidir mejor.
Por: Geisy Peña Turbí
El día que dejas de notar lo que antes te incomodaba puede que no te hayas adaptado, lo más probable es que ya hayas aprendido a tolerarlo.
Ese cambio rara vez llega con una orden. Nadie necesita entregarte una lista de cosas que conviene no cuestionar. Basta con observar qué comentario enfría una reunión, qué persona nunca es contradicha, qué comportamiento abre puertas y cuál empieza a cerrarlas. Así se aprenden también las reglas invisibles.
Llegar a un país, a una empresa, a una profesión, una institución o incluso a una familia, obliga a descifrar códigos. Algunos facilitan la convivencia, mientras otros ayudan a comprender una cultura que no es la propia. Y otros existen, simplemente, porque protegen una determinada distribución del poder. La dificultad está en distinguirlos.
Aprender un idioma, respetar un procedimiento, entender cómo se negocia o modificar ciertas formas de comunicarnos puede ampliar nuestra capacidad de movernos en un entorno, pero también podemos aprender otra cosa, y es cuándo conviene callar. No porque nos falten ideas, sino porque hemos identificado el precio de expresarlas.
La investigación sobre silencio en las organizaciones lleva años mostrando precisamente eso, que callar no siempre es producto de la timidez o la apatía. Puede ser una respuesta calculada cuando una persona percibe que hablar tendrá consecuencias y pocas posibilidades de modificar la situación. Por eso resulta demasiado simple convertir este asunto en una exhortación a “decir siempre lo que piensas” porque no todo silencio es cobardía.
Quien depende de un salario, o está construyendo una posición, quien acaba de llegar a un país nuevo o todavía carece de suficiente margen para enfrentarse a determinadas dinámicas, puede estar tomando una decisión perfectamente racional. El problema empieza después, cuando una estrategia de protección deja de sentirse como estrategia y empieza a parecer normalidad. Al principio pensamos “ahora no conviene”, luego “así funcionan aquí las cosas”, y finalmente, dejamos de formular la pregunta más importante, que es: ¿deberían funcionar así?
Ahí es donde la adaptación puede volverse peligrosa. No porque cambie necesariamente quiénes somos, sino porque puede modificar aquello que todavía somos capaces de considerar extraño, y ese desplazamiento afecta mucho más que al trabajo.
Una familia puede enseñarnos que ciertos temas no se mencionan. En el entorno laboral, una profesión puede normalizar jornadas absurdas como prueba de compromiso o una institución puede convertir la obediencia en sinónimo de lealtad. Un entorno social puede hacer que determinada forma de exclusión parezca simplemente la manera en que siempre se ha hecho, haciendo que la pertenencia funcione como una escuela, pero no todo lo que una escuela enseña merece incorporarse.

Abogada | Escritora | Fundadora de Mujer en Victoria
Por eso, conviene distinguir al menos tres tipos de códigos: los funcionales, que permiten coordinar horarios, procedimientos, responsabilidades; los culturales que ayudan a comprender cómo se relacionan las personas y evitan interpretar toda diferencia como agravio; y los códigos de poder, que indican quién puede hablar, quién debe esperar, qué errores se perdonan y qué verdades resultan demasiado costosas dependiendo de quién las pronuncie, y estos últimos son los más difíciles de detectar porque rara vez se presentan como imposiciones. Se presentan como sentido común.
Por eso pertenecer de manera adulta exige conservar cierta distancia respecto del sistema al que pertenecemos, no para combatir cada regla, sino para seguir siendo capaces de preguntarnos qué función cumple, a quién beneficia, qué problema resuelve y qué coste tendría dejar de obedecerla.
Comprender un sistema debería ayudarnos a movernos mejor dentro de él, pero también debería permitirnos reconocer con mayor precisión aquello que no queremos normalizar.
Pregunta de criterio: ¿qué comportamiento de tu entorno te parecía inaceptable al principio y hoy aceptas simplemente porque aprendiste que cuestionarlo tenía un precio?