#LaHoraDelCriterio |Comprender mejor para decidir mejor.

Por: Geisy Peña Turbí

Anoche Madrid celebraba. Miles de personas salieron a las calles con una alegría que parecía compartida incluso entre desconocidos. España acababa de conquistar un nuevo Mundial de fútbol y, durante unas horas, la ciudad habló en plural.

Yo también sonreía, y, sin embargo, mientras observaba aquella celebración, me descubrí pensando en algo muy distinto al resultado del partido, y era en lo curioso que es el corazón de quien ha emigrado.

Con el tiempo aprende a alegrarse por los logros del país que lo recibe sin dejar de sentir como propia la tierra donde nació. Descubre que la pertenencia no siempre exige elegir entre un lugar y otro, y lo más hermoso es que es posible construir afectos nuevos sin renunciar a la memoria.

Durante mucho tiempo nos han hecho creer que la identidad funciona como una frontera: si perteneces a un sitio, dejas de pertenecer al otro, pero la experiencia migratoria demuestra lo contrario. Migrar no consiste únicamente en cambiar de dirección. Significa aprender otras costumbres, comprender otra manera de vivir y encontrar un lugar en una sociedad que, poco a poco, también empieza a formar parte de nuestra historia, sin borrar el origen, sino ampliándolo.

Quizás por eso una victoria deportiva puede despertar emociones que van mucho más allá del deporte, no porque una copa cambie la vida de las personas, sino porque durante unas horas millones de ciudadanos, nacidos o no en el mismo lugar, sienten que forman parte de un mismo relato, y esa sensación merece una reflexión.

Las sociedades más fuertes no son necesariamente aquellas donde todos comparten el mismo origen, las mismas ideas o las mismas experiencias. Son aquellas capaces de construir un proyecto común en el que personas diferentes encuentren razones para sentirse parte.

Ese es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. En un mundo donde las migraciones forman parte de la realidad de millones de familias, la convivencia ya no puede entenderse como la simple coexistencia entre personas distintas. Exige algo más profundo, y es la capacidad de reconocernos sin obligarnos a renunciar a quienes somos.

Quienes hemos vivido entre dos países conocemos bien esa tensión. Aprendemos que la nostalgia no desaparece, pero tampoco impide abrir espacio para nuevos vínculos. Descubrimos que una identidad madura no se debilita porque incorpore nuevas pertenencias, por el contrario, suele hacerse más consciente, más generosa y más libre.

Por eso anoche pensé que aquella celebración decía mucho más que el resultado de una final. Recordaba que las personas necesitamos sentir que formamos parte de algo que nos une, necesitamos proyectos compartidos, espacios de confianza y motivos para pronunciar la palabra «nosotros» sin que eso signifique excluir a nadie.

Tal vez esa sea una de las lecciones más valiosas que deja una victoria colectiva. No el marcador, ni el trofeo, ni la euforia pasajera. Lo verdaderamente importante es comprobar que la identidad puede construirse sumando y no dividiendo, integrando y no expulsando.

El desarrollo de los países suele medirse por el crecimiento económico, por sus instituciones o por sus infraestructuras y todo eso importa, pero quizás también deberían medirse por su capacidad para hacer que alguien nacido lejos pueda sentirse parte de la vida común sin tener que renunciar a la historia que lo trajo hasta allí, porque, al final, pertenecer no consiste en olvidar de dónde venimos. Consiste en descubrir que el corazón humano es mucho más amplio de lo que imaginábamos.

La pregunta de criterio: ¿estamos entendiendo la identidad como una frontera que nos obliga a elegir entre nuestros afectos o como un puente que nos permite construir un «nosotros» cada vez más amplio?

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