Vivimos en una sociedad tan paradójica que, si un marciano aterrizara hoy mismo en la República Dominicana, pensaría que el deporte nacional no es el béisbol, sino vigilar al vecino para ver a qué hora apaga la luz. Nos hemos acostumbrado silenciosamente a habitar lo que bien podríamos llamar la cultura al revés: un ecosistema tropical donde el éxito ajeno incomoda más que un apagón en pleno agosto, el progreso personal se vigila con lupa de alta graduación, y el tropiezo del prójimo se consume con la misma alegría con la que se canta un jonrón con las bases llenas.

Antiguamente, el crecimiento de alguien del barrio era motivo de orgullo comunitario. Hoy, en cambio, cada paso adelante que das en tu vida, cada meta cumplida o cada proyecto consolidado se convierte, en automático, en motivo de sospecha nacional. Si te va bien, inmediatamente empiezan las teorías conspirativas: «¿Y de dónde habrá sacado ese muchacho si ayer andaba a pie?». Si te esfuerzas y madrugas, levantas envidia; y si triunfas, prepárate para lidiar con el tribunal invisible de las esquinas y de las redes sociales, listo para demeritar tu sudor mientras ellos no se mueven ni para abanicarse.

El síndrome del colmadón y la «envidia con frialdad».

Aquí la envidia no siempre se esconde; a veces se pasea en pasola y te saluda con una sonrisa de oreja a oreja mientras por dentro está sufriendo porque te compraste un carro nuevo. Es el clásico cuento del cangrejo en la cubeta, pero con sazón criolla: no hace falta que pongan tapa, porque apenas ven que uno asoma la cabeza para salir del hoyo, ahí mismo vienen dos o tres a jalarle las patas para que baje al nivel del fango.

Parece que el nuevo pasatiempo favorito de muchos es convertirse en jueces ad honorem de la vida ajena. Se critica al que emprende, pero también al que se queda sentado esperando que llueva maicena. Se señala al que brilla, pero se le margina si decide apagar su luz para no incomodar a los mediocres. Lo verdaderamente trágico es el encono y el placer evidente que genera ver caer a alguien. Si a todos nos va mal, hay un consuelo colectivo, una especie de miseria democrática donde nadie sufre solo; pero, ay de ti, si te atreves a salir del rebaño y te va bien: te conviertes en el enemigo público número uno.

Pensemos en esto como una cena dominical donde a nadie le importa comer bien, con tal de que al del lado le toque el plato frío. Tenemos al típico crítico profesional: aquel que pasa el día entero sentado en un colmadón opinando sobre cómo se debe dirigir una empresa, gobernar un país o criar a los hijos ajenos, pero que jamás en su vida ha podido mantener un proyecto propio a flote durante más de tres meses.

O el fenómeno del «éxito sospechoso». En nuestra tierra, si a alguien le va mal, todo el mundo es compasivo y te da palmaditas en la espalda («¡Ay, mi hermano, qué situación tan dura!»), destilando una lástima que lleva por dentro un alivio inmenso. Pero si ese mismo ciudadano se faja, trabaja veinticuatro horas y logra echar hacia adelante, de repente los mismos que te daban pena se convierten en peritos financieros y legistas de la sospecha, buscando de dónde «robó» o a qué «padrino» se arrodilló, porque en su cabeza cuadriculada es imposible aceptar que el esfuerzo, la disciplina y el talento den frutos sin chanchullo de por medio.

Volver al cabeza de caliente… pero con sentido común.

Frente a esta epidemia de amargura colectiva, el acto más revolucionario que nos queda es seguir construyendo. No podemos permitir que el qué dirán, la crítica de la acera de enfrente o la sombra del resentimiento social nos paralicen los pasos. Quien disfruta con el mal ajeno padece, en el fondo, una profunda pobreza de espíritu; es alguien incapaz de entender que el brillo de los demás no apaga jamás la luz propia, sino que ilumina el camino.

Ya es hora de sacudirse esta cultura invertida. Volvamos a alegrarnos genuinamente por el éxito del amigo, del colega y del compatriota. Aprendamos a admirar en lugar de recelar, y entendamos de una vez por todas que una sociedad que celebra el fracaso de su propia gente es una máquina perfecta cavando su propia fosa.

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