#LaHoraDeLaOpinión
Por: Máximo Cury
Las campañas políticas elitistas no solo son un error estratégico: son un reflejo sociológico de cómo las élites reproducen sus propios códigos y expulsan a quienes realmente conectan con el territorio. La camisa de diseñador, el zapato de lujo y la chaqueta impecable funcionan como marcadores de clase que separan a los que mandan de los que viven la realidad. Esta estética no solo comunica distinción, también excluye a los líderes naturales, aquellos que suman, que traen votos y que no necesitan ropa cara para tener legitimidad.
Las campañas estériles se rodean de personas que se parecen entre sí, que comparten los mismos círculos sociales y que priorizan la imagen sobre la estrategia. En ese proceso quedan fuera los verdaderos líderes: los que se acuestan y despiertan pensando en cómo ganar elecciones, los que conocen el territorio, los que entienden las tensiones comunitarias y los que tienen la capacidad real de movilizar gente. La sociología llama a esto reproducción de élite: un sistema que se protege a sí mismo, incluso cuando eso significa perder elecciones.
Una campaña que prioriza la estética sobre la cercanía se desconecta del territorio. La gente se convierte en un recurso visual, no en un sujeto político. Se diseñan mensajes que no representan las identidades locales, no leen las desigualdades y no reconocen a quienes sostienen la política desde abajo. Lo aspiracional deja de inspirar y se convierte en símbolo de exclusión. El votante no rechaza la ropa cara; rechaza lo que simboliza: distancia, superioridad, vanidad y falta de empatía.

La política se transforma en una performance vacía, en un espectáculo donde la perfección estética oculta desigualdades, conflictos reales y voces invisibles. Pero la política no se gana con chaquetas impecables. Se gana con estrategia, con líderes auténticos, con presencia en el territorio, con escucha y con humanidad.
Es momento de dejar la vanidad. De recuperar la política real. De volver a la cercanía con el pueblo. De permitir que los verdaderos líderes ocupen su espacio. La estética no puede seguir sustituyendo la estrategia. La política necesita menos perfección y más verdad.