#LaHoraInformativa

En la República Dominicana se ha instalado una frase que, aunque dolorosa, describe con precisión el sentimiento colectivo de miles de familias: “nos han dejado solos”. No es una exageración emocional ni un recurso dramático. Es la realidad cruda de un país donde los padres enfrentan, sin respuestas ni acompañamiento institucional, un aumento alarmante de niños enfermos con los mismos síntomas: vómitos, diarrea, fiebre, problemas respiratorios y cuadros virales que saturan las emergencias públicas y privadas.

Lo que está ocurriendo no es normal.
No es estacional.
No es casual.
Y lo más grave: no está siendo explicado.

Un país con niños enfermos y autoridades en silencio

En las últimas semanas, las salas de emergencia han estado abarrotadas. Pediatras que no dan abasto. Padres desesperados. Clínicas improvisando espacios. Hospitales públicos al límite.

Sin embargo, desde las instituciones responsables de velar por la salud pública, lo que predomina es un silencio que duele más que la enfermedad misma. No hay boletines epidemiológicos claros. No hay alertas preventivas. No hay campañas informativas. No hay explicaciones.

La ausencia de información oficial no solo es irresponsable: es peligrosa.
Cuando un mismo cuadro clínico afecta a miles de niños al mismo tiempo, cualquier país serio activa protocolos de investigación, comunicación y contención. Aquí, en cambio, parece que se activa la estrategia del silencio.

El costo emocional que nadie quiere reconocer

Para los padres, la salud de un hijo no es un dato estadístico. Es una angustia que desgarra.
Es pasar noches sin dormir.
Es ver a un niño débil, sin energía, sin apetito.
Es sentir que el país entero se cae encima cuando un médico dice “hay que esperar”.

La incertidumbre es un veneno emocional. Y hoy, miles de familias dominicanas están siendo obligadas a vivirla sin guía, sin orientación y sin una sola palabra de tranquilidad por parte de quienes deberían liderar la respuesta.

¿Qué está pasando realmente?

Esa es la pregunta que recorre los pasillos de las clínicas, los grupos de WhatsApp, las conversaciones familiares y las redes sociales.

Si tantos niños presentan los mismos síntomas, ¿por qué no hay una explicación oficial?
¿Se trata de un virus?
¿De un brote estacional fuera de control?
¿De fallas en la calidad del agua?
¿De contaminación ambiental?
¿De un problema en la cadena alimentaria?

No lo sabemos.
Y no lo sabemos porque no nos lo dicen.

La falta de información es, en sí misma, una forma de abandono.

La política del silencio: un viejo mal dominicano

Este no es un tema partidista. Es un tema de responsabilidad pública.

La salud infantil es un asunto de seguridad nacional.

Un país que no protege a sus niños está renunciando a su futuro.

Pero en la República Dominicana se ha normalizado una forma de gobernar donde la comunicación oficial se usa para celebrar, no para informar; para inaugurar, no para prevenir; para defenderse, no para proteger.

Hoy, mientras los padres buscan respuestas, las autoridades parecen más preocupadas por controlar la narrativa que por enfrentar la realidad.
Y esa desconexión es política, profundamente política.

La sociedad se organiza porque el Estado no lo hace.

Ante el vacío institucional, la gente ha hecho lo que siempre hace cuando el Estado falla: organizarse sola.

  • Padres compartiendo síntomas, tratamientos y advertencias.
  • Pediatras explicando más en redes sociales que en ruedas de prensa.
  • Comunidades enteras funcionando como “ministerios de salud improvisados”.
  • Ciudadanos exigiendo datos, claridad y acción.

Pero no debería ser así.
No deberíamos estar adivinando qué enferma a nuestros hijos.
No deberíamos estar rogando por información básica.
No deberíamos sentir que la salud infantil depende más del azar que de la gestión pública.

¿Qué nos queda como sociedad?

Nos queda exigir.
Nos queda presionar.
Nos queda recordar que la salud no es un favor del Estado: es un derecho.

Y cuando ese derecho se vulnera, la ciudadanía tiene la obligación moral de levantar la voz.

La República Dominicana necesita, con urgencia:

  • Transparencia epidemiológica real.
  • Protocolos claros y públicos.
  • Información diaria y verificable.
  • Responsabilidad institucional.
  • Acción inmediata.

Porque la salud de nuestros hijos no es negociable.

Conclusión: No estamos pidiendo un milagro. Estamos exigiendo lo mínimo.

La situación actual es un espejo incómodo de lo que somos como país: una sociedad que enfrenta sola problemas que deberían ser atendidos por el Estado.

Pero también es una oportunidad para despertar.
Para exigir.
Para no conformarnos.

Porque si algo ha quedado claro es que nos han dejado solos.

Pero solos no nos vamos a quedar.

Los padres dominicanos están hablando, y cuando los padres hablan, la política cambia.

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