#LaHoraDeLaSalud

Por Dra. Greicy Peña Turbí

Todos hemos vivido ese momento: te pasas los dedos por el cabello, o simplemente lo cepillas antes de dormir, y ahí está, más hebras de las que recuerdas, en la ducha, en la almohada, en el cepillo. La reacción casi automática es sospechar del agua: “¿será que el agua de aquí me está dejando calvo o calva?”. Pero antes de culpar a la cisterna, vale la pena mirar más de cerca lo que realmente le está pasando a tu cabello, sobre todo si este año la caída te ha parecido más notoria que nunca.

Para quienes viajan con frecuencia entre el frío seco de Estados Unidos o Europa y el calor húmedo del trópico, el cuero cabelludo enfrenta un vaivén constante: cambios bruscos de temperatura, de humedad y de exposición solar que alteran su equilibrio natural. Súmale a eso el ritmo del día a día, el trabajo, la familia, el tráfico, las metas por cumplir, y tienes la combinación perfecta para que el cabello entre en modo de alerta.

Porque, aunque cueste creerlo, el cabello es enormemente sensible al estrés. Cuando el cuerpo percibe presión sostenida, libera cortisol, la hormona del estrés, que interfiere directamente con el ciclo de crecimiento capilar. El resultado, semanas después, es una caída que muchas veces no logramos conectar con el momento de tensión que la originó.

En Cristiano: ¿Qué le hace el cortisol a tu pelo?

Cada cabello vive un ciclo de tres fases: crecimiento (anágena), que dura años; transición (catágena), de unas semanas; y descanso (telógena), tras la cual el folículo libera la hebra y comienza de nuevo. El cortisol elevado puede empujar folículos que deberían seguir creciendo directo a la fase de descanso. Semanas más tarde, esas hebras se caen casi todas al mismo tiempo. Por eso la caída por estrés suele notarse “de repente”: en realidad, el proceso empezó semanas atrás.

Dra. Greicy Peña Turbí | Especialista en medicina estética y salud capilar

La buena noticia es que este tipo de caída, la más frecuente en consulta, suele ser temporal y reversible una vez se identifica y se maneja la causa de fondo: estrés, un cambio brusco de clima, una dieta baja en hierro o proteína, o incluso un evento hormonal puntual. La clave está en no esperar a que “se pase solo”, y tampoco recurrir a soluciones caseras sin respaldo, sino identificar qué la está causando realmente.

Mito vs. Realidad

Mito: “Lavarte el cabello con agua de cisterna te deja calvo o calva”.

Realidad: el agua dura puede resecar la hebra y quitarle brillo, pero no toca la raíz. La caída real nace en el folículo, por factores hormonales, nutricionales o emocionales, no en la ducha.

La próxima vez que notes más cabello del habitual en tu cepillo, antes de cambiar de agua o de champú, pregúntate qué ha pasado en tu vida en las últimas semanas. Muchas veces, la respuesta no está en el baño: está en la agenda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *